lunes, 5 de septiembre de 2011

A propósito de drogas, sangre y sexo


La capacidad adictiva y narcótica de la sangre no se puso de manifiesto en el cine hasta 1958, año en el que se estrenó Drácula de Terence Fisher, lo cual no deja de resultar curioso. La sangre ha tenido desde que el hombre es hombre una capacidad regeneradora y unas características lindantes con lo legendario que ha salpicado la práctica totalidad de las culturas que han proliferado a lo largo y ancho de planeta. Desde los Mayas y más atrás aún, el hombre ha visto en la sangre el fluido vital por excelencia, el aditivo perfecto para la consecución de fuerza, vitalidad, juventud y hasta inmortalidad. Atila se bebía la sangre de sus enemigos convencido de que así recogía su fuerza y no son pocas las tribus que hacían lo mismo con los animales que cazaban para así heredar su valor, su fuerza y su destreza.


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