
El domingo, en la fantástica colección que sobre cine y periodismo está publicando un conocido periódico nacional, regalaban la película de Henry Hathaway "Yo creo en ti", con James Stewart. Recuerdo que vi está película hace años, pero es sin duda una de esos largometrajes que tengo que volver a revisar. El caso es que contemplando su portada me fije en James Stewart y pensé que aunque suene a tópico, resulta difícil a día de hoy encontrar un actor con su presencia y con su mirada. Stewart fue la quintaesencia del hombre medio americano d buena voluntad. Capacidad no le faltaba porque el actor norteamericano tiene algo en su mirada que lo baña en una inocencia que pocas veces hemos podido ver en la pantalla. Frank Capra debió pensar algo muy parecido, cuando lo eligió para protagonizar "Caballero sin espada", la primera gran película de Stewart y el primer paso que colocaría a Stewart en lo más alto del podium interpretativo de Hollywood. Con este film Stewart obtuvo su primera nominación al Oscar.
En "Historias de Filadelfia" Stewart se rodearía de los grandes (Cary Grant y Katherine Herpbun) en un glorioso papel secundario en un film irrepetible con un cineasta de los imprescindibles de la era clásica, George Cukor. Pero probablemente la película que lo terminó de lanzar definitivamente al estrellato fue "¡Qué bello es vivir!" una vez más de Frank Capra. La obra maestra de su director, film de referencia obligada e inyección de optimismo insólita en la historia del cine explotó la vertiente más emocionar de Stewart. El actor, encajaba como anillo al dedo en ese personaje al borde del suicidio salvado en el último momento por un compasivo ángel de la guarda en busca de sus alas. Es posible que James Stewart no desbordara nunca tanta inocencia y vitalidad. Irrepetible.
Y entonces llegó Alfred Hitchcock y Stewart tuvo que crecer. El genial director británico llevó de la mano a Stewart a lo más truculento de la especia humana en cuatro de las mejores y más maduras películas de Hitchcock, "La soga", "La ventana indiscreta", "El hombre que sabía demasiado" y "Vertigo", acojonante. Hitchcock utilizó los brillantes ojos claros de Stewart para incrementar la presión sobre sus personajes. Stewart, que nunca estuvo mejor frente a una cámara, sirvió de perfecto punto de apoyo sobre el que erigir las rocambolescas tramas hitchcockianas. Su aspecto de hombre humilde, corriente y molinete, pero también integro e incapaz de hacerle daño a una mosca, contrastaba con poderosa energía en los turbulentos mundos imaginados por Hitchcock, ya fuera una fiesta en la que se ha cometido un asesinato, al fresco de una ventana abierta con todos los vecinos a la vista siendo testigo de excepción de lo que podría haber sido un asesinato, en mitad de una conspiración a la cual no se sabe muy bien cómo fue a parar o como irremediablemente enamorado/obsesionado por una mujer que ha muerto.
James Stewart tuvo la suerte de trabajar con los mejores, en las mejores películas hasta el punto de que el actor que más película tienen en la popular lista de la United State National Film Register con 10 largometrajes. Y no es para menos, se puso a las órdenes de Hitchcock y Capra, pero también de Billy Wilder, Anthony Mann o John Ford, su filmografía esta repleta de películas míticas del cine de suspense, el western, la comedia, biopics... Pese a las cuatro nominaciones al Oscar sólo gano uno y fue al reconocimiento de toda su carrera. El American Films Institute lo nombró el tercer mejor actor de todos los tiempos detrás de Humphrey Bogart y Cary Grant. Yo, qué quieren que les diga...
En "Historias de Filadelfia" Stewart se rodearía de los grandes (Cary Grant y Katherine Herpbun) en un glorioso papel secundario en un film irrepetible con un cineasta de los imprescindibles de la era clásica, George Cukor. Pero probablemente la película que lo terminó de lanzar definitivamente al estrellato fue "¡Qué bello es vivir!" una vez más de Frank Capra. La obra maestra de su director, film de referencia obligada e inyección de optimismo insólita en la historia del cine explotó la vertiente más emocionar de Stewart. El actor, encajaba como anillo al dedo en ese personaje al borde del suicidio salvado en el último momento por un compasivo ángel de la guarda en busca de sus alas. Es posible que James Stewart no desbordara nunca tanta inocencia y vitalidad. Irrepetible.
Y entonces llegó Alfred Hitchcock y Stewart tuvo que crecer. El genial director británico llevó de la mano a Stewart a lo más truculento de la especia humana en cuatro de las mejores y más maduras películas de Hitchcock, "La soga", "La ventana indiscreta", "El hombre que sabía demasiado" y "Vertigo", acojonante. Hitchcock utilizó los brillantes ojos claros de Stewart para incrementar la presión sobre sus personajes. Stewart, que nunca estuvo mejor frente a una cámara, sirvió de perfecto punto de apoyo sobre el que erigir las rocambolescas tramas hitchcockianas. Su aspecto de hombre humilde, corriente y molinete, pero también integro e incapaz de hacerle daño a una mosca, contrastaba con poderosa energía en los turbulentos mundos imaginados por Hitchcock, ya fuera una fiesta en la que se ha cometido un asesinato, al fresco de una ventana abierta con todos los vecinos a la vista siendo testigo de excepción de lo que podría haber sido un asesinato, en mitad de una conspiración a la cual no se sabe muy bien cómo fue a parar o como irremediablemente enamorado/obsesionado por una mujer que ha muerto.
James Stewart tuvo la suerte de trabajar con los mejores, en las mejores películas hasta el punto de que el actor que más película tienen en la popular lista de la United State National Film Register con 10 largometrajes. Y no es para menos, se puso a las órdenes de Hitchcock y Capra, pero también de Billy Wilder, Anthony Mann o John Ford, su filmografía esta repleta de películas míticas del cine de suspense, el western, la comedia, biopics... Pese a las cuatro nominaciones al Oscar sólo gano uno y fue al reconocimiento de toda su carrera. El American Films Institute lo nombró el tercer mejor actor de todos los tiempos detrás de Humphrey Bogart y Cary Grant. Yo, qué quieren que les diga...














