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lunes, 11 de abril de 2011

Sidney Lumet (1957-2011)


Sidney Lumet se ha ido y no ha dicho adios. Su última película, al menos, fue uno de los mejores ejemplos de thriller adulto alejado de los convencionalismos de Hollywood. Hace ya unos meses escribí un artículo sobre "El príncipe de la ciudad", una de sus películas más interesantes y por razones que se me escapan, aún no se ha publicado en determinada página web. De modo que aquí os lo dejo, por el honor de Lumet, que no es poco...

Cine de ciudad

Aunque El príncipe de la ciudad (Prince of the City; Sydney Lumet, 1981) sea un film cuya acción transcurre en una metrópolis como Nueva York, la película de Sydney Lumet es en realidad un largometraje cerrado, asfixiante, acorralado entre sus personajes y sobre todo, sus conflictos. Hay una anécdota curiosa pero muy significativa a cerca de El príncipe de la ciudad. Cuentan que a lo largo de sus tres horas de metraje a penas si se ve el cielo. Podemos atisbarlo únicamente cuando la cámara de Lumet sale de la ciudad y su protagonista, Daniel Cellio (Treat Williams) puede relajarse un poco lejos de la peligrosa ficción en la que se ha convertido su vida profesional. Es allí también donde Lumet imprime una puesta en escena más abierta con planos más abiertos, con un cielo de fondo, y también incluso con mar. Pero cuando la acción tiene lugar en Nueva York, la planificación de Sydney Lumet está construida en torno a paredes de ladrillos y calles desamparadas. Esto es importante porque aunque El príncipe de la ciudad tenga lugar en la Gran Manzana nunca vemos grandes avenidas, ni populosas calles atiborradas de gente porque la película de Lumet aunque pueda parecer lo contrario es un film que empieza como un relato –moralmente- asfixiante para convertirse en una historia -moralmente- abigarrada, casi claustrofóbica.

En este sentido hay un momento particularmente importante. Cuando Daniel Cellio decide tomar parte en la arriesgada misión que le proponen, Lumet filma al personaje en penumbra, flanqueado por los dos oficiales que lo están tentando a delatar a policías corruptos. Es un único plano, pero resulta muy elocuente porque pese a tener lugar en un balcón con la gran ciudad de fondo, el tono y el color de la imagen es lúgubre y premeditadamente oscuro, casi siniestro. Con ese plano Lumet nos está diciendo cual es la naturaleza de la situación en la que está a punto de embarcarse Cellio, una situación en la que nada va a estar claro, donde todo van a ser sombras amenazantes y donde nadie será lo que parece.

El príncipe de la ciudad es una película redonda pues incide en cuestiones de índole moral bajo un esquema tipificado y perfectamente reconocible para el gran público, el cine policiaco. Es quizá por esta razón que Sydney Lumet, uno de los ilustres miembros de la no suficientemente valorada generación de la televisión, logre imprimir a la película que nos ocupa un aire cercano al documental aunque no haya cámaras en mano ni imágenes borrosas que pretendan acercarnos falsamente a la realidad. En su lugar Lumet consigue destilar una impresión de cierta inmediatez a la película que por definición genera un largometraje más realista y también más áspero, más cercano antes que realista, por su planificación, por su montaje y en suma por su puesta en escena.

En un primer momento la realización de El príncipe de la ciudad se le ofreció a Brian De Palma quien por aquel entonces se había hecho con una merecida reputación de cineasta coherente y muy cercano a los parámetros estilísticos y dramáticos que sugería un proyecto como el que nos ocupa. A De Palma le atrajo la idea y propuso a Al Pacino como protagonista de la cinta pero el conocido actor declinó la oferta argumentando y no sin razón, que la película se parecía demasiado a Sérpico (Serpico; Sydney Lumet, 1973) que acaba de rodar precisamente con Lumet tras la cámara. Lo curioso del caso es cuando Sydney Lumet entró en escena y pese al reconocido éxito de la anterior colaboración entre el director y Al Pacino, el cineasta norteamericano se inclinó por un actor mucho menos conocido y dicho sea de paso, también mucho más arriesgado, Treat Williams. Por aquel entonces Treat Williams era un joven actor que había conseguido colarse en películas como Hair (Milos Forman; 1979), 1941 (Steven Spielberg; 1979) e incluso una fugaz aparición no acreditada en El imperio contraataca (The Empire Strike Back; Irvin Kershner, 1980) pero cuya desmedida afición por la cocaína probablemente lo llevó a no terminar nunca de despegar.

El caso es que con un actor como Treat Williams, en principio una película como El príncipe de la ciudad parece que se quedaría corta ante las innegables actitudes de un intérprete como Al Pacino pero lo cierto es que esto no llega a ocurrir. Williams está soberbio, quizá en el mejor papel de su carrera lo cual demuestra o bien que Treat Williams era un actor de primera magnitud que nunca fue explotado lo suficiente o que Sydney Lumet era un director de actores que nunca ha sido lo suficientemente reconocido. En cualquier caso la labor de Williams y el trabajo de Lumet se revelan lo mejor de un film verdaderamente compacto pese a su alargado metraje y a la ausencia de estrellas en su reparto. Quizá podría haber durado un poco menos pero lo cierto es que nadie le puede negar a El príncipe de la ciudad una coherencia dramática y argumental de primera fila.

A su modo, El príncipe de la ciudad es una especie de épica del heroísmo rugoso y áspero, un heroísmo verosímil alejado de las portadas de los periódicos, la fama y el dinero. Un relato de valor y lealtad que se enfrenta a la doble moral de sus personajes así como al peso moral de sus acciones. Nadie está limpio en El príncipe de la ciudad ni siquiera el mismo Daniel Cellio, quien lleva de forma verdaderamente admirable el peso de toda la película en un largometraje, sin duda lastrado por haber sido filmado en un momento demasiado frívolo como el inicio de la década de los 80 donde entre Luke Skywalker e Indiana Jones no parecía haber demasiado espacio para un personaje como Daniel Cellio, difícil de empatizar y muy lejos de la idealizada visión que por aquel entonces habían patentado el tandém Lucas-Spielberg.

martes, 4 de agosto de 2009

"Serpico" de Sidney Lumet (1973)


Film antológico de uno de los grandes de la denominada generación de la televisión, básicamente, ese grupo de directores que se hizo cargo de Hollywood entre la lenta retirada de la viaja guardia y la inminente llegada de la nueva generación de Spielberg, Lucas, Coppola, Scorsese y compañía. La generación de la televisión, como su nombre indica, está formada por un grupo de directores que se formaron en el medio televisivo que dieron el salto al cine y que dejaron impreso en una generosa galería de películas un sello muy particular que deambulaba entre el clasicismo clásico y las nuevas tendencias del cine europeo.
Cuando uno ve, por ejemplo, "Serpico" se da cuenta de que en el fondo, no hay, en esencia, tanta diferencia con el cine clásico, al fin y al cabo la película tiene planteamiento, nudo y desenlace, pero lo que tal vez sea más interesante, la cámara de Lumet sigue las andanzas de un policía de Nueva York con aspiraciones casi documentales (aquí reside la novedad de la generación tv) pero que en el fondo, como ocurría en los grandes clásicos, logra desaparecer de la narración casi como un personaje más. Quiero decir, llega un momento en "Serpico", sino ocurre desde el primer fotograma, en el que la cámara, el hecho cinematográfico parece desaparecer. Está ahí, pero Lumet lo diluye con una narración impecable, sin grandes muestras de formalismo de auteur y sin con mucha devoción por la historia y eso, es cine clásico.
Por tanto, lo que más destaca de un film como "Serpico" es, creo yo, la perfecta fusión entre nuevas tendencias (esa imagen premeditadamente sucia, aparentemente intuitiva y realista) junto con esa asunción de los parámetros maestros del cine clásico (una cámara/narrador que desaparece del relato, principio intrigante -con Serpico (Al Pacino) malherido-, interés creciente (una investigación por libre sobre la corrupción policía en Nueva York) y final sorprendente (el resultado final de la investigación) que va más allá de ese comienzo con Serpico con un tiro en la cara).
Lumet demostró aquí de lo que era capaz con un guión aparentemente sencillo y un elenco de actores de primera con un Pacino a la cabeza recien salido de "El padrino" y a un paso de meterse en "El padrino II". Lumet, que con el paso de los años ha demostrado ser uno de esos raros casos de cineasta incombustible que a sus 84 años sigue haciendo cine a unos niveles ciertamente envidiables y a una velocidad sólo igualada por Clint Eastwood y tal vez en su día, también por Robert Altman.
Película obligada para todo amante del cine y ejemplo impecable del cine que se hizo en los 70, mientras las viejas vacas sagradas daban sus últimos coletazos y los nuevos tiburones de la industria comenzaban a dar su primeros chapoteos cinematográficos. Un film bisagra.